Oídos ciegos que se desangran
la desesperación agrietada dulcemente
por amaneceres y crepúsculos
por dialéctica cínica
por secuencias bañadas en oro, plata, cobre,
hierro..., tierra.
Los días caen como las hojas del ciruelo
en la dureza del asfalto
la tempestad florece en el horizonte distante, inalcanzable, inverosímil.
Entonces las palabras son peces muertos arrastrados por el río infinito
la lluvia cae como el cielo queriendo acariciarnos
pero es mejor estar en casa
al alero de nuestras conversaciones,
plantas que tratamos de regar a diario (siempre con lágrimas)
flores secas
que guardamos bajo el colchón
como una ingenua promesa
como la figura muerta de un santo suicida.
Los peces, disecados y embalsamados
se convierten en ídolos
pero el color de tu alma es rojo-sangre
su acorde un la menor
su postura la de un búho que acosa la noche
su silencio, un pasillo sin fondo.
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